Mar 012015
 

David contra el gigante Goliat es el ciclismo urbano en Latinoamérica: una batalla en la que trasladarse en bicicleta supone enfrentarse a un tráfico anárquico y a posibles atracos, en una de las regiones más violentas del mundo.

“Un carro pesa una tonelada y media y yo unos 90 kilos. Mi bicicleta, 10 kilos tal vez. Es completamente desproporcional, así que imagínate la destripada que te pueden pegar”, dice el guatemalteco Alexis Herrera, en el cuarto Foro Mundial de la Bicicleta (FMB), un ámbito de promoción del ciclismo que se realiza hasta el domingo en Medellín, segunda ciudad de Colombia.

Herrera, moreno, de contextura gruesa y 41 años, pedalea por las calles para mostrar que “los ciclistas somos parte del tránsito, no algo fuera de él”.

Pero su activismo le ha pasado factura: un auto casi lo arrolla el año pasado.

“Cuando pedaleaba, un auto pasó pegado a mi rodilla izquierda. Casi caigo. El semáforo se puso en rojo. Entonces, me puse al frente del carro para preguntarle qué pasaba. El tipo se pasa en rojo y me tira el carro encima”, cuenta este hombre que vendió su auto hace dos años para movilizarse exclusivamente en alguna de sus tres bicicletas.

Cuando lo vio acelerar, Herrera alcanzó a apartarse, pero el carro aplastó a su amada de dos ruedas. “Si me agarra, por lo menos me quiebra las dos piernas”, señala consternado.

De ser así, el ciclista estaría en la lista de los más de 50 mil muertos por año en las vías de Latinoamérica y el Caribe, de los cuales 50% corresponde a peatones, ciclistas y motociclistas, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) presentado en el FMB.

Para el mexicano Luis Felipe Villegas, un empresario gastronómico del estado de Sinaloa, en el convulsionado noroeste del país, la inseguridad para los ciclistas va más allá de la falta de conciencia vial de los conductores.

“Hubo una época en que no podíamos salir en bicicleta en las noches porque había balaceras o enfrentamientos entre los grupos delictivos”, cuenta en el FMB este miembro de un colectivo de ciclistas en la ciudad de Los Mochis.

En Sinaloa, sede de uno de los cárteles más temidos de México, fue capturado hace un año el entonces narcotraficante más buscado del país, Joaquín Guzmán Loera, El Chapo.

Con la violencia derivada de las drogas “a la baja”, en Los Mochis unos 6 mil amantes de la bicicleta se reúnen mensualmente para transitar en las noches, cuenta Villegas. “Como estuvimos reprimidos mucho tiempo, ahora que podemos, salimos”, afirma.

Sin embargo, la inseguridad es un grave problema en Latinoamérica. Videos de robos a ciclistas abundan en las redes sociales de Buenos Aires y también de la “bici-amigable” Bogotá, que con 611 mil 472 viajes diarios y 392 kilómetros de ciclorrutas construidas es, según el BID, un modelo regional en la materia.

Vencer el miedo a ladrones, así como a buses, camiones, taxis y autos particulares, sigue siendo el gran reto de quienes eligen este medio de transporte para sortear los embotellamientos de las metrópolis.

“Tengo mucha admiración por todas las personas que se lo guerrean en Latinoamérica y montan bicicleta por todos lados”, señala por su parte Camila Pinzón, representante de la Embajada Holandesa de Ciclismo, una organización público-privada que a instancias de la experiencia holandesa promueve el uso urbano de la bicicleta en todo el mundo.

“Es muy distinto usar la ‘bici’ aquí que en Holanda, donde es facilísimo”, comenta Pinzón en el FMB, un foro nacido en 2011 en Brasil precisamente como reacción al atropello de 20 ciclistas en la ciudad de Porto Alegre.

Pero el caso del guatemalteco Herrera muestra que es posible vencer a Goliat.

“A veces, mucha gente dice ‘Yo no uso la bicicleta porque es insegura'”, señala este ciclista militante. “Les pregunto: ‘¿Prefieres ser el que usa el carro y tiene la posibilidad de pasarte por encima?’. Yo prefiero ser el de este lado”.

Con más de 130 expositores, el FMB de Medellín es el primero fuera de Brasil y sus organizadores esperan que más de 5 mil asistentes asistan a la cita.